Hay algo extrañamente contemporáneo en golpear una piedra. En insistir sobre una superficie dura hasta producir una marca. En tomarse el tiempo de rayar, tallar, erosionar. En una época en la que las imágenes, los símbolos y las ideas circulan en el aire––se suben, se comparten, se pierden, se reemplazan––, la práctica artística de Cynthia Gutiérrez (Guadalajara, 1978) parece ir en sentido contrario. En su más reciente exhibición, titulada Donde terminan las montañas, Cynthia propone volver a la fricción, al contacto, a la resistencia material de las cosas.
La exposición parte de una investigación alrededor de petrograbados, piedras, territorios y formas antiguas de inscripción. Pero la aproximación de Cynthia a los petrograbados no busca traducirlos ni convertirlos en ornamento. Los entiende, más bien, como tecnologías de contacto: formas de inscribir una relación entre cuerpo, superficie, territorio y tiempo. Desde ahí, la exposición piensa qué significa hacer una marca, qué tipo de relación se establece con una superficie cuando se la toca, se la golpea o se la modifica, y qué puede decirnos hoy una tecnología visual que no depende de la velocidad, sino de la duración.