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Cynthia Gutiérrez: Tocar la piedra hasta que responda

En Donde terminan las montañas, Cynthia Gutiérrez explora los petrograbados, la memoria y nuestra relación con el territorio a través de obras que convierten la materia en un archivo vivo.
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Cynthia Gutiérrez explora los petrograbados, la memoria y el territorio en Donde terminan las montañas, su nueva exposición en Galería Curro. (Fotografía cortesía de Galería Curro.)

Hay algo extrañamente contemporáneo en golpear una piedra. En insistir sobre una superficie dura hasta producir una marca. En tomarse el tiempo de rayar, tallar, erosionar. En una época en la que las imágenes, los símbolos y las ideas circulan en el aire––se suben, se comparten, se pierden, se reemplazan––, la práctica artística de Cynthia Gutiérrez (Guadalajara, 1978) parece ir en sentido contrario. En su más reciente exhibición, titulada Donde terminan las montañas, Cynthia propone volver a la fricción, al contacto, a la resistencia material de las cosas.

La exposición parte de una investigación alrededor de petrograbados, piedras, territorios y formas antiguas de inscripción. Pero la aproximación de Cynthia a los petrograbados no busca traducirlos ni convertirlos en ornamento. Los entiende, más bien, como tecnologías de contacto: formas de inscribir una relación entre cuerpo, superficie, territorio y tiempo. Desde ahí, la exposición piensa qué significa hacer una marca, qué tipo de relación se establece con una superficie cuando se la toca, se la golpea o se la modifica, y qué puede decirnos hoy una tecnología visual que no depende de la velocidad, sino de la duración.

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Petrograbados en Las Labradas, Sinaloa. (Fotografía de Cynthia Gutiérrez.)

En Donde terminan las montañas, la artista nos pregunta: ¿por qué los seres humanos necesitamos dejar huellas? Pero la pregunta no aparece formulada de manera literal. Está en los materiales, en las texturas, en las formas que parecen fragmentos de algo mayor. Las piezas remiten a superficies minerales, relieves, incisiones, restos y objetos que podrían pertenecer a un paisaje o a una excavación imaginaria. Hay algo reconocible y al mismo tiempo difícil de ubicar. Las obras se mueven entre la apariencia de lo antiguo, la lógica del vestigio y la presencia inquietante de algo que sigue activo. No documentan un pasado: lo reactivan como una pregunta sobre el presente.

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Cynthia Gutiérrez, Cartografías, 2026. Roca volcánica y vidrios texturizados de color. (Fotografía cortesía de Galería Curro.)

Esa ambigüedad es una de las fuerzas de la exposición. Cynthia trabaja en una zona donde la imagen no está completamente separada del objeto. La marca no es sólo un signo, es también una consecuencia física. Para que exista, algo tuvo que rozar, presionar, insistir, desgastar. En ese sentido, las obras no sólo se miran; también nos hacen imaginar el gesto que las produjo. La mano, el peso, el golpe, el cansancio, la repetición. Hay una sensualidad mineral en ese proceso: tocar algo hasta que responda. La seducción está en la presión, en el desgaste, en esa relación con la materia que exige tiempo antes de revelar algo.

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Esa diferencia impide leer la exposición sólo en clave histórica. Los petrograbados suelen aparecer en el imaginario común como “vestigios”: señales de culturas pasadas, imágenes misteriosas inscritas en piedra, evidencias de algo que ya no está. En la mirada de Cynthia, sin embargo, no pertenecen únicamente al pasado: son gestos que siguen activos. Un petrograbado es una forma de relación entre cuerpo, territorio y tiempo: una imagen hecha para durar y, al mismo tiempo, para cambiar. La luz la modifica, el clima la desgasta, la mirada la completa y la historia la reinventa.

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Cynthia Gutiérrez, Apariciones VI , 2026. Hierro, vidrio y madera. 200 x 64 x 30 cm. (Fotografía cortesía de Galería Curro.)

Frente a la fragilidad de nuestras imágenes actuales, esa permanencia resulta provocadora. Hoy producimos más imágenes que nunca, pero pocas parecen destinadas a quedarse. Fotografías, capturas de pantalla, archivos digitales, publicaciones, historias de veinticuatro horas: casi todo está pensado para circular antes que para permanecer. La obra de Gutiérrez propone una comparación incómoda. ¿Qué tipo de memoria construimos cuando nuestras marcas ya no tienen cuerpo? ¿Qué se pierde cuando la imagen deja de implicar esfuerzo físico, material, tiempo compartido con una superficie?

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Cynthia Gutiérrez, Apariciones I, 2026. Hierro, vidrio y madera. 160 x 55 x 30 cm. (Fotografía cortesía de Galería Curro.)

La exposición usa el pasado como una herramienta crítica para mirar el presente. Lo antiguo aparece menos como un lugar de retorno que como una energía disponible. Las formas inspiradas en petrograbados funcionan como detonadores: nos obligan a pensar en otras formas de comunicación, otras escalas temporales, otras maneras de producir presencia.

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También hay una dimensión territorial. Las montañas, las piedras y los paisajes participan de la historia humana. Son cuerpos materiales atravesados por uso, extracción, deseo, violencia y memoria. Una piedra puede ser soporte de una imagen, pero también recurso, obstáculo, mercancía, frontera, monumento o ruina. En ese sentido, Donde terminan las montañas habla de algo más que de formas. Habla de nuestra relación con aquello que creemos estable y disponible: la tierra, los minerales, los paisajes, los materiales que sostienen el mundo.

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Cynthia Gutiérrez, Cartografías, 2026. Rocas volcánicas y vidrios texturizados de color. (Fotografía cortesía de Galería Curro.)

El título de la exposición sugiere un borde: el lugar donde terminan las montañas. Pero ese borde es inestable. Una montaña puede terminar en una planicie, en una ciudad, en una mina, en una carretera, en una memoria. También puede terminar cuando deja de ser vista como montaña y empieza a ser entendida como recurso. Esa tensión atraviesa la obra de Cynthia. Más allá de representar paisajes de manera directa, las piezas cargan con una pregunta sobre cómo miramos la materia terrestre: como presencia viva, como archivo, como decoración o como algo que se puede explotar hasta desaparecer.

Lo más interesante es que la reflexión ecológica aparece desde los materiales y las formas, sin necesidad de convertirse en consigna. Cynthia confía en que una superficie puede contener pensamiento. Ahí está también su seducción. Las piezas no se consumen rápido. Piden acercarse, mirar de lado, detectar irregularidades, imaginar procesos. Las obras seducen por fricción. Su atractivo está en la tensión entre dureza y vulnerabilidad: materiales que parecen sólidos, pero que muestran huellas; formas que parecen cerradas, pero que insinúan contacto; superficies que parecen mudas, pero que guardan información.

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Cynthia Gutiérrez, Apariciones, 2026. Hierro, vidrio y madera. (Fotografía cortesía de Galería Curro.)

En ese sentido, Donde terminan las montañas puede leerse como una exposición sobre la permanencia, pero también sobre el deseo. El deseo de tocar, de inscribir, de hacer que algo dure. El deseo de que una imagen sobreviva más allá del cuerpo que la produjo. El deseo, quizá, de no desaparecer del todo. Toda marca contiene algo de eso: una pequeña resistencia contra el borramiento.

Cynthia no promete salvar la memoria ni recuperar un origen perdido. Propone, más bien, que toda memoria es parcial, material, erosionada; que lo que permanece también cambia y que una marca puede durar siglos y seguir siendo opaca. La exposición insiste en volver a la piedra y a la fricción, a esa forma antigua y obstinada de decir “aquí hubo un cuerpo”. Desde ahí, nos pregunta qué tipo de huellas estamos dejando y sobre qué superficies.

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