Princesas, duquesas y royals que hicieron de la rebeldía su sello

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Margarita de Inglaterra, Diana de Gales, Carolina y Estefanía de Mónaco, Sarah duquesa de York, Sophie de Wessex… Ya sean miembros de la realeza desde que nacen o por casarse con royals, estas mujeres han destacado por su espíritu libre, al menos en alguna etapa de su vida y aunque algunas de ellas, antes o después, hayan sido las más convencionales y correctas. Conoce su historia:

Margarita, tristemente alegre

The Crown volvió a traer a la memoria mundial el cuento sin final feliz de la hermana de la reina Isabel II con el capitán Peter Towsend: divorciado (por eso no los dejaron casarse) y varios años mayor que una Margarita que nunca dejó de ser anticonvencional en una familia donde las convenciones lo son todo.

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Desde muy joven, bebía, fumaba y odiaba los protocolos, y aunque acabó sujetándose a todos por amor y obligación con su familia, fueron conocidos sus pequeños escándalos posteriores: como su afilada forma de hablar, sus escapadas a la isla Mustique o su romance con un hombre 17 años menor, lo que fue la gota que derramó el vaso y provocó su divorcio del reconocido fotógrafo Antony Armstrong-Jones, en 1978, a pesar de ser otro espíritu libre como ella.

Princess Margaret, Countess of Snowdon (1930 – 2002) arrives in England after her tour of Canada, 12th August 1958. (Photo by Victor Blackman/Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)

Carolina, la desobediente

Con sólo 18 años y con unos padres que no aprobaban el matrimonio, Carolina de Mónaco se casaba con Philippe Junot, quien le doblaba la edad. Esto y su fama de playboy eran las razones de Grace y Rainero para oponerse. La vida universitaria en París, donde la princesa estudiaba Filosofía, le dio una nueva perspectiva que ni el fracaso de su primer matrimonio la hizo dejar.

Después de este primer gran acto rebelde Carolina se tomó todo con una calma que sólo fue rota por la muerte trágica de Stefano Casiraghi (su segundo esposo y padre de sus tres hijos mayores) y los excesos y el divorcio del príncipe Ernesto de Hannover (su tercer esposo y padre de su hija menor).

Estefanía, la indomable

La hija menor de los Grimaldi fue la versión amplificada de Carolina y el dolor de cabeza de sus padres. Fue expulsada del colegio a los 16 años por su rebeldía, tenía la carga de haber ido con su madre en el accidente que le quitó la vida a esta última y fue tentada por el mundo del espectáculo. Estefanía de Mónaco grabó un disco con relativo éxito y anduvo con guapísimos famosos como Rob Lowe y Anthony Delon.

Los amores después se sucedieron aunque no pertenecían a la realeza del cine ni a la del mundo: un empresario, dos guardaespaldas (tuvo dos hijos con el primero y una con el segundo), un domador de elefantes y un acróbata. Lo que es un hecho es que su rol como madre es el que le ha salido mucho mejor.

Stephanie, Princess of Monaco (Photo by Chris Carroll/Corbis via Getty Images)

 

Diana, la emblemática

La joven ingenua que conquistó al mundo el día de su boda se convirtió en una mujer sofisticada a la que el mundo siguió adorando y apoyando cuando sucedió lo impensable: la separación entre ella y el que sigue siendo el heredero de la corona británica, Carlos.

En esta transición, la princesa Diana sacó a relucir lo mejor de ella aunque en varios aspectos esto no agradó a su poderosa suegra: la reina Isabel II, además del divorcio en 1996, desde luego. Su clic con la gente sencilla, su apoyo a causas sociales que en los 80 no eran tan bien vistas por prejuicios (como la lucha contra el sida), su forma de educar a sus hijos lo más cercano posible a la realidad (aunque en esto hay que agregar a Carlos, quien la apoyó) o la entrevista que dio a la BBC en 1995, aún casada, sobre su infeliz vida conyugal. Todo esto le trajo una atención mediática mayor a la que siempre había soportado la familia real, algo que no agradaba a la monarca y que se multiplicó (si cabía más) tras su muerte, sucedida en 1997 acompañada por su pareja en ese momento, el millonario Dodi Al-Fayed.

Sarah Ferguson, la espontánea

Su actitud desenfadada, sencilla y hasta su físico común en una mujer inglesa le atrajeron simpatías, incluida la de su suegra, Isabel II. Pero Fergie cayó de su gracia cuando salieron a la luz sus deudas, producto de su despilfarradora vida como duquesa de York y a los rumores sobre infidelidades hacia Andrés, el tercer hijo de la reina, quien se la pasaba en su trabajo en la Marina. El divorcio sucedió en 1992. Y todo empeoró cuando en 2010 también se supo que posiblemente había recibido dinero a cambio de ofrecer acceso a su ex marido.

Pero al final terminó con sus deudas, es embajadora y patrona de causas sociales y tiene una gran relación con sus hijas. ¿Y la reina? Después de tantos años y con un mejor “comportamiento” de su parte, Fergie también ha saneado esa relación.

12-11-96 Pasadena, Ca. The Duchess of York, Sarah Fergason at the launch of her book, My story.

Sophie, la calculadora

La esposa del hijo menor de la reina de Inglaterra, Eduardo, entró con pie derecho al Palacio de Buckingham tras su matrimonio en 1999. Provenía de una familia sencilla conservadora y era una guapa publirrelacionista. Pero ahí estuvo el detalle: Sophie, duquesa de Wessex, empezó a usar su rol como prometida de Eduardo y luego como miembro de la realeza para hacer negocios y tener nuevos clientes en su exitosa firma. Hubo más: fue engañada por un periodista que, disfrazado de jeque árabe, grabó y publicó una conversación en la que hablaba mal del primer ministro de entonces (Tony Blair), de Carlos y Camilla en la que comentaba: “Si alguien se beneficia a consecuencia de mi posición (en la familia real), es un beneficio tácito. No es algo que prometemos, sino algo que simplemente sucede”.

Tras el tremendo escándalo, Sophie se volvió la más diligente de las royals, empezando por sus hijos pues renunció a su carrera y se volcó en ellos y en su esposo, algo que ha mostrado su sincero arrepentimiento y que la llevó a ser, actualmente, la nuera consentida de Isabel II porque, además, no se han divorciado.