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¿Por qué marchamos?

¿Por qué marchamos?
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Esta columna habla sobre un miedo que es profundo, complejo, y necesita su espacio. Miedo que día con día aumenta, se esparce, y se expande: el que sentimos por ser las mujeres de México. El miedo por habitar este país donde parece que la inseguridad abarca todo. Los feminicidios son la capa más gruesa del pastel de violencia que alimenta al país: todos hemos tenido que comer una parte a la fuerza. Directa o indirectamente nos toca una rebanada del caos.

Vivimos con miedo de que nos violen, nos secuestren, nos roben

Sobra ilustrar con particularidades. Vivimos con miedo de que nos violen, nos secuestren, nos roben. Y/o tratando de no revivir los eventos que a muchos nos han marcado. Miedo de ser parte de la aterrorizante estadística. Miedo de que nos cuenten algún día entre el número de feminicidios. De ser el epicentro de -este otro- terremoto. La violencia de género es el problema más corrosivo. Por no decir el más urgente. Es el núcleo de una célula que se divide para conformar otras violencias, y la clara radiografía de lo que está mal con este sistema. Un sistema de -creencias y crianzas- que ya es insostenible. ¿Qué hacer? La pregunta de infinitas aristas con la que se abren las mañanas en que otra noticia sacude, confronta, topa la ansiedad, y sugiere dejarlo todo para huir a donde sea que esto no dibuje el cotidiano. ¿Cómo gritar? ¿A quién pedir ayuda? ¿Cómo resolver? ¿Cómo ser una mujer fuerte y sin miedo cuando además se tiene una hija? ¿Cómo ayudar a otras mujeres, y madres (solteras o no) que sienten lo mismo? ¿Dónde encontrarse con esas madres y padres que han perdido a sus hijos? ¿Dónde buscar a quienes faltan? ¿Cómo reclamar justicia para quienes no regresaron a casa? ¿Cómo rescatar a esos niños que son maltratados y ofrecerles otra realidad? ¿Cómo salvarse para poder salvar? No sé. No soy experta en nada que ayude a encontrar respuestas. Lo único que sé, es que salir corriendo es rendirse ante el problema. No se puede huir de esta realidad.

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ARCHIVO HISTÓRICO DE LA MUJER ISLANDÉShttps://kvennasogusafn.is/ Se anuncian la marcha (8 de marzo), y el paro de mujeres (9 de marzo). Algo se abre. Algo se descomprime. Siento algo similar a salir del agua después de aguantar la respiración, algo parecido a esa exhalación urgente. Si bien, marchar no es solución, definitivamente es un camino. Es dejar de acomodarse en la ansiedad y el miedo que aqueja. Dejar claro que podemos darle voz a quienes callaron. Es marcar el límite a quien “gobierna”. Un paro es un reclamo sí, pero también un tributo a quienes murieron -en vez de nosotras-. Ellas a quienes violaron, desaparecieron y/o mataron, tomaron nuestro lugar. Este país nos garantiza 11 muertas al día. Si estamos a salvo, es porque le tocó a otras. Manifestarse es salir a recordarlas.

Un paro es un reclamo sí, pero también un tributo a quienes murieron -en vez de nosotras-.

Seguramente hay acciones más efectivas, pero estas están aquí, ahora. Y nos dan la oportunidad de recordar y reconocer a quienes merecían otra cosa. La que fuera. Olvidemos las palabras que posibiliten una excusa para no salir a las calles. Perdamos lo que hayamos de perder para manifestarnos esos días, la otra opción es perderlo todo. Facilitemos y exijamos que otras mujeres puedan unirse. No perdamos en el camino de esta defensa, la perspectiva y empatía con aquellos otros abusos y violencias que no tienen que ver con género. No perdamos el enojo que -como mujeres- nos hace movernos, pero tampoco la claridad: hay varias partes que conforman la imposibilidad de vivir en este país sin brincar charcos de sangre. No dejemos a un lado a esas otras víctimas, a esas otras causas, a esas otras urgencias. No perpetuemos la división, no imposibilitemos la homogeneidad, la equidad, la lucha. No hagamos a un lado a todo un género, sumemos. No perdamos de vista que la lucha feminista es un tema universal, en este lugar el tema es más amplio. No puede ni debe olvidarse lo que converge; aquello que se desarrolla de forma constante y paralela: violencia e inseguridad -crónicas y progresivas- de un México entero que “no está en guerra”.

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