Leí Mal de amores de Angeles Mastretta en tan solo dos días en preparación para el estreno de la que, a mi parecer, se convirtió en la serie mexicana más esperada del año en Netflix. Una vez que tomé el libro no pude detenerme y para mí sorpresa, la serie resultó igual de adictiva; también bastaron un par de sesiones para terminarla. Sin embargo, el asombro no debió de ser tan grande ya que, después de todo, la adaptación estuvo a cargo de su propia hija, Catalina Aguilar Mastretta , quien también ha sido responsable de la dirección de episodios de producciones como Nadie nos va a extrañar, The Summer I Turned Pretty, Generation y más. Después de todo, la entrañabilidad de esta historia queda en familia y bien salvaguardada.
El amor que es inevitable: Por qué Mal de amores nos obsesionó a todos
Situada en el México revolucionario, Mal de amores aborda otro tipo de revolución -sin dejar de lado la política-, una centrada en el corazón, las convenciones sociales, el poder de elección y la libertad de amar. Emilia ( Renata Vaca ) es una mujer que no se ve limitada por las fronteras que la rodean, es también el ejemplo de que cuando la tierra es fértil el árbol florece, pues no podemos dejar de lado la influencia de su círculo cercano en el desarrollo de su personaje. La serie nos demuestra el poder de las ideas para transformarse en cambio; a nivel personal, social y político.
Creo que si hay algo que nos atraviesa a todos incluso 100 años después del momento histórico de la serie, son las relaciones humanas que, con todas sus complejidades, siguen provocando el mismo mal de amores en el presente. La relación de Emilia con Daniel ( Juan Pablo Fuentes ) es trágica en el sentido griego de la palabra, están destinados, son inevitables y son, valga la redundancia, ¡trágicos! En palabras del internet, han llamado a Emilia “migajera”, pero ojo aquí pues no debe de confundirse una persona que acepta apenas rescoldos de atención con una que asume el irresistible llamado de un amor desbordante, aún si eso significa atravesar juntos las situaciones más precarias. Si bien Daniel tiene la incapacidad de quedarse por su naturaleza inquieta e idealista, Emilia y él saben que en sus partidas no hay traición, sino que ahí permanecen las lealtades.
Por otro lado, visto bajo la misma lupa contemporánea con la que hoy analizamos las relaciones, Zavalza ( Iván Amozorrutia ) podría representar el síndrome del impostor. Recibir tanto y tan de pronto que ni siquiera se sabe cómo recibirlo o hasta llegar a cuestionarse si se es merecedor de ello. Él representa la estabilidad y el sostén, la fuerza conciliadora entre los sueños de Emilia y sus pasiones. Con él viene también lo que, desde mi punto de vista, es la aproximación más interesante a un triángulo amoroso, el de la no competencia. Zavalza sabe que aceptar a Emilia es hacerlo con todo su bagaje y Emilia nos enseña que amar no tiene que ser necesariamente elegir, sino elegirte.
Pero además de los elogios hacia una historia que hace eco del amor moderno y los acuerdos con los que cada pareja decida vivirlo, tengo que subrayar el trabajo del elenco principal de la serie: Renata Vaca, Juan Pablo Fuentes e Iván Amozorrutia. La química entre este trío es tan grande fuera de la pantalla que en ella resulta simplemente orgánica y natural.
Daniel representa el movimiento, la inquietud y la pasión; cualidades que tiene en común con Juan Pablo; alegre, activo y divertido.
Iván comparte con Zavalza ese don de hacer sentir a la gente cómoda a su alrededor, de demostrar confianza y dejarte con la certeza de sus buenas intenciones.
Renata tiene la determinación de Emilia, el mismo enfoque y constancia en balance con esa libertad de meterle un toque de impulsividad a sus planes.