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Oceanida: las cuatro mexicanas que cruzaron el Atlántico remando durante 45 días

Instrucciones para cruzar un océano remando:
vie 06 marzo 2026 01:33 PM
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Oceanida: las cuatro mexicanas que cruzaron el Atlántico remando durante 45 días (Lucila Muriel, World's Toughest Row)

El 28 de enero del año en curso, cuatro mujeres mexicanas consiguieron cruzar el Océano Atlántico remando. La hazaña las convirtió en el primer equipo latinoamericano, de hombres o mujeres, en navegar los 4,800 kilómetros que separan La Gomera —en las Islas Canarias— de Antigua y Barbuda, en el Caribe, propulsándose sólo con la fuerza de sus cuerpos.

A lo largo de 45 días, 1 hora y 35 minutos, Ana Lucía Valencia, Andrea Gutiérrez, Eugenia Méndez y Lucila Muriel remaron sin detenerse, dividiéndose esta ardua tarea en parejas que alternaban entre sí para impulsar “La Chalupa”, su embarcación de 8.6 metros de largo y 1.75 metros de ancho. Bajo el nombre de Oceanida, completaron esta travesía epopéyica en el marco de la World’s Toughest Row, la carrera de resistencia en la que, por momentos, las personas más cercanas a ellas estaban en la Termósfera, en la Estación Espacial Internacional, y cuyo objetivo es ser completamente autosuficiente en el cruce, sin embarcaciones de apoyo que brinden comida, agua, ayuda o, incluso, un lugar donde dormir o ir al baño.

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Hay muchas preguntas que surgen alrededor de una empresa de esta magnitud. Las primeras que se plantean ayudan a empezar a entender la dimensión de esta proeza, como un faro en un cabo escarpado que alumbra el océano de lo desconocido: ¿cuánto reman? ¿qué comen? ¿cómo van al baño? ¿cómo duermen? ¿qué hacen si les pasa algo?

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(Lucila Muriel, World's Toughest Row)

Sus respuestas, como pulsos de luz desde la cima del faro, revelan pequeños fragmentos de este enigma entre la neblina borrosa: cada una rema 12 horas por jornada, dividiendo su día —y noche— en seis guardias de remo y seis periodos de tiempo para hacer todo lo demás. A lo largo de las guardias, cada una acumulaba, en dos horas, un promedio de 54 kilómetros recorridos, un consumo de 4 mil kilocalorías y un nivel de intensidad física comparable al de un ultramaratonista o un ciclista del Tour de France.

Además, con cada remada coleccionaban ampollas en las manos, rozaduras en las pompas, golpes de los remos en toda la extensión de las piernas, mareos y fatiga muscular en todo el cuerpo. Una vez concluido el turno de propulsar la embarcación, comenzaba el armado del rompecabezas de vivir en una Chalupa a la mitad del océano.

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Además de todo esto, ese periodo entre guardias también debía incluir el tiempo de sueño de cada atleta. Ubicadas en la proa y la popa de La Chalupa, dos cabinas de dos metros cuadrados actuaban como suites presidenciales, donde, antes de tener que salir a remar nuevamente, cada una pernoctaba lo más posible: periodos cortos de 60 a 90 minutos, dependiendo de qué tantas tareas había que realizar previas a poder dormir. Por cada 24 horas, cada Océanida acumulaba solamente cuatro o cinco horas de sueño.

Como última pieza de este monumento a la resiliencia, el carácter autosuficiente de esta aventura implicaba que cualquier situación de emergencia debía poder manejarse sin ayuda externa, obligando a los participantes a sobrevivir con lo que les sea posible, a merced del océano hasta que un rescate suceda. Por ejemplo, unos días antes de la llegada de Oceánida a Antigua, Benoit Bourguet, de Bélgica, tuvo que esperar más de 18 horas sobre su balsa de emergencia, sin comunicación, comida, agua o ropa sobre su cuerpo, antes de que un buque carguero lo salvara en alta mar. La causa de su rescate: dos olas gigantes que voltearon su embarcación mientras dormía.

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(Lucila Muriel, World's Toughest Row)

Con todas estas respuestas, el faro del descubrimiento revela un manchón visible pero inexplicable. Para cruzar el Atlántico, las mexicanas tuvieron que remar doce horas diarias, manteniendo la exigencia física de un ultramaratonista, con deprivación de sueño crónica severa, sin ningún tipo de comodidad, privacidad o asistencia, durante más de mes y medio, en medio de la nada.

Una pregunta invita a dejar la seguridad del faro para poder observar la naturaleza de ese misterio marino más de cerca: ¿qué hay a la mitad del océano que hace que todo esto valga la pena?

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Al repasar lo ocurrido entre el millón y medio de veces que introdujeron sus remos en el Atlántico, el relato de las vivencias del equipo femenino era cautivador, como un canto de sirenas que venía desde más allá de lo que ven los ojos.

Las primeras semanas se encontraron olas enormes de casi seis metros, vientos fortísimos de más de 50 kilómetros por hora y mareo tan severo que no pudieron dejar de vomitar por días, impidiéndoles ingerir alimentos mientras se adaptaban a la vida a bordo.

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(Lucila Muriel, World's Toughest Row)

Después, cuando el temporal disminuyó, descubrieron la prueba mental de la monotonía, el aislamiento y el carácter repetitivo de remolcar más de una tonelada flotante sin el empuje del viento.

Otro día, experimentaron la experiencia agridulce de pescar un dorado, inundadas en partes iguales por la alegría de disfrutar un sashimi fresco y por la amargura de presenciar la manera en que se extingue el brillo de este ser majestuoso al matarlo.

A la mitad de su trayecto, Eugenia y Ana ofrendaron parte de su pelo al mar, comulgando con la inmensidad.

En un momento, fueron presas de una tormenta que las envolvió en oscuridad absoluta, las atacó con lluvia que se sentía como navajas y las obligó a resguardarse a todas en sus cabinas, previniendo ser lanzadas sobre la borda.

En otra instancia, el sueño de Ana Lucía tuvo que ser interrumpido súbitamente por sus compañeras, evacuándola de su camarote momentos antes de que un marlín azul arremetiera contra La Chalupa, atravesando el casco con su espada en el lugar donde habían descansado sus pies.

Después de reparar el daño, las cuatro amigas decidieron bautizar con el nombre de Silvio —en honor a Silvio Rodríguez— al pico de casi diez centímetros que se volvió un elemento permanente del diseño de interiores de ese cuarto.

Cada narración era más interesante que la otra, como un hechizo hipnótico que arrastra la curiosidad mar adentro, hacia lo desconocido. ¿Qué había allá adentro? ¿Por qué cruzar el Atlántico remando?

Una posible lectura es el carácter altruista del cruce, que apoyó a las Sirenas de Natividad y al Fondo Guadalupe Musalem, organizaciones de mujeres mexicanas que buscan mejorar las condiciones de vida de otras mujeres.

Otra perspectiva puede ser el compromiso con el medio ambiente, pues la misión estuvo llena de decisiones congruentes con preservar los océanos, desde que casi el 90% de la basura que generaron fue compostada o reciclada, hasta que La Chalupa misma se consiguió usada, para evitar el impacto de fabricar una embarcación nueva.

Existe también la lectura social de un hecho como este, en el que, viniendo de un país donde hay 11 feminicidios diarios, y de una región del mundo donde las mujeres son objetos —cuyo único rol es ser sumisas y “bonitas”—, cuatro mujeres ordinarias se proponen algo extraordinario como remar un océano y lo consiguen, haciendo historia en el proceso.

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(Lucila Muriel, World's Toughest Row)

A ciencia cierta, es prácticamente imposible saber qué se esconde en el centro de este misterio. ¿Qué hay más allá del horizonte que nos llama?

Lejos del faro de lo conocido, las conversaciones con Ana, Andrea, Eugenia y Lucila revelan una paradoja: el “qué” y el “por qué” de esta hazaña resultan secundarios. Este cruce transatlántico no buscaba romper récords, conseguir trofeos o conquistar a la naturaleza; buscaba entablar un diálogo con el océano y, en el proceso, con ellas mismas.

Como en todo buen diálogo, lo central es el “cómo” y, desde este lugar, lo desconocido comienza a sentirse cercano.

Mar adentro.

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