En resumen, Cassie y Nate —quien conduce un Cybertruck, revelación que casi me hizo escupir el chardonnay por la nariz— son unos completos imbéciles. Y sí, podrías argumentar que siempre lo han sido, poniendo sus necesidades por encima de las de los demás. Pero las primeras dos temporadas los trataban con cierto matiz, mostrando sus vulnerabilidades emocionales y las circunstancias que los llevaron a actuar de forma reservada y, sí, egoísta. Pero en el estreno de la temporada 3, se han convertido en caricaturas apenas desarrolladas, utilizadas como perchas para colgar distintos temas culturales, incluida la obsesión estadounidense con la riqueza. Cassie está decidida a abrirse una cuenta en OnlyFans para ganar dinero y pagar 50 mil dólares en flores para su boda. “No esperé toda mi vida para tener una boda naca”, dice con total seriedad mientras cena rodeada de aproximadamente 97 velas encendidas, por alguna razón. Cassie puede estar loca, pero también es mezquina y tonta, dos cosas que no creía que fuera antes. (Bueno, no todo el tiempo, al menos).
De manera similar, la idea de que Nate esté intentando convertirse en su padre tampoco termina de cuadrar. Él entregó a Cal a la policía en la temporada 2—¿no estaría haciendo todo lo posible por no seguir sus pasos? ¿O Levinson intenta decir que es inevitable que Nate lo imite? De cualquier forma, la pareja parece demasiado joven para vivir ese estilo de vida, lo que hace que su historia sea aún menos creíble. A estas alturas, Cassie y Nate no solo viven en una “burbuja suburbana de derecha”. Están en una serie completamente distinta al resto de Euphoria.
En medio de todo este comportamiento extraño, queda claro que Levinson, aun así, intenta construir un final redentor, especialmente para Rue. Tras su visita a la granja de los Miller, comienza a pensar constantemente en ellos y en su aparentemente idílica vida fuera del sistema. (No tienen internet. ¿Puedes imaginar tal nivel de paz?). Empieza a preguntarse si debería abrazar la religión. “No voy a ser amiga de una cristiana”, le dice Lexi a Rue después de que describe a los Miller. “¿Por qué?”, pregunta Rue. “Porque son juzgones”, responde Lexi, una línea irónicamente involuntaria que fácilmente podría haber salido de la boca de Hannah Horvath (y eso es un cumplido).
Es curioso que, durante su conversación en flashback con Ali (Colman Domingo, siempre brillante en sus escenas con Zendaya), Rue esté tan dispuesta a cuestionar los aspectos de la Biblia que contradicen sus valores, pero en la línea temporal actual nunca menciona que los “maravillosamente” cristianos Miller claramente tienen prejuicios contra los mexicanos. ¿Eso no le molestaría, siendo ella una mujer de color? Tampoco estoy convencida de que Rue realmente crea en Dios en este punto. Más que nada, parece tener sed de una transformación personal que no sabe cómo lograr por sí sola. “Esa es la belleza de este país que llamamos Estados Unidos”, le dice Alamo a Rue, despertando un destello de optimismo en sus ojos usualmente nublados por las drogas. “Cualquiera puede reinventarse”.
En ese momento, como Rue le explica después a Alamo, se pregunta si Dios la llevó a ese burdel y a ese hombre, quien orgullosamente afirma que está “en el negocio del sexo”, lo cual resulta sorprendentemente atractivo para Rue (que está desesperada por escapar de su vida de servidumbre ligada a las drogas). No está claro si las personas alrededor de Alamo quieren que ella se involucre en ese negocio—especialmente Bishop (Darrell Britt-Gibson), quien parece desconfiar de Rue desde el principio. Si Dios realmente la llevó hasta ahí, no estoy segura de que haya sido para reinventarse.
Incluso si ese fuera el caso, ¿puede Rue realmente reinventarse en este punto, o está demasiado perdida? Por ahora, como ese coche tambaleándose en la cima de un muro fronterizo, da la impresión de que su reinvención —o su redención— podría ir en cualquier dirección.
Este artículo fue publicado por primera vez en ELLE US .