Lo sabíamos. Este desenlace llegaría y aún así duele. Es como saltar a la alberca después de haber tocado el agua helada con el pie, estar preparado para el frío no lo hace menos punzante. Así llegamos al momento en el que Love Story retrata el accidente en el que Carolyne Bessette Kennedy, John F. Kennedy Jr. y Lauren Bessette perdieron la vida cuando la avioneta en la que viajaban se hundió en el Atlántico . Lo sabíamos. Nos lo recordó Ryan Murphy en los primeros minutos del episodio 1, un vistazo al futuro truncado por la tragedia antes de encariñarnos con la pareja, quizá como una advertencia silenciosa de que no nos dejáramos llevar tanto.
Las lágrimas que nos prometieron: el triste final de Love Story
¿Por qué lloramos por la muerte que sucedió hace casi tres décadas? Será porque la historia de JFK Jr. nos recuerda la condena fatal de la tragedia griega en la que el héroe es incapaz de escapar a su destino y cualquier intento por hacerlo es solo parte del cumplimiento del mismo. Será porque en Carolyne Bessette vemos el recordatorio de que nuestra lucha por sentirnos cómodos en nuestras propias vidas puede ser interrumpida en cualquier momento por la muerte. O será porqué su historia se nos ha presentado enmarcada por el amor, la fuerza que cambió y definió sus vidas en todos los sentidos.
La potencia de este episodio también radica en la crudeza con la que se nos permite ver la ola expansiva de la muerte. La materialización de la pérdida entre aquellos que aman a quien se se ha ido. En la familia Kennedy, la tragedia pesa como una maldición. En la familia Bessette, como una avariciosa usurera que todo lo arrebata. Ver la escena en la que Caroline Kennedy y Ann Freeman conectan desde el dolor compartido, que las une más de lo que sus diferencias las distancian, es entender también la empatía que nos conecta a todos como humanos. Lloramos la muerte dramatizada y lejana de Carolyne, John y Lauren porque podemos proyectar sobre ellos nuestros sentimientos más primarios, los que nos unen a todos.
En los momentos finales del episodio, Ann Freeman lee el poema La muerte no es nada de Henry Scott-Holland, un texto en el que se habla de la muerte no como una ruptura definitiva, sino como una continuidad desde el amor.
La muerte no es nada de Henry Scott-Holland poema completo
La muerte no es nada.
No cuenta.
Solo me he deslizado a la habitación de al lado.
Nada ha pasado.
Todo sigue exactamente igual.
Yo soy yo, y tú eres tú,
y la vieja vida que tan cariñosamente vivimos juntos está intacta, sin cambios.
Lo que fuimos el uno para el otro, eso seguimos siendo.
Llámame por el viejo nombre familiar.
Habla de mí con la naturalidad que siempre usaste.
No cambies el tono de tu voz.
No pongas esa cara de solemnidad o tristeza forzada.
Ríe como siempre reímos con las pequeñas bromas que compartíamos.
Juega, sonríe, piensa en mí, reza por mí.
Que mi nombre siga siendo la palabra familiar que siempre fue.
Que se pronuncie sin esfuerzo, sin la sombra de una sombra sobre él.
La vida significa todo lo que siempre significó.
Es la misma de siempre.
Hay una continuidad absoluta e ininterrumpida.
¿Qué es esta muerte sino un accidente insignificante?
¿Por qué debería estar fuera de tu mente porque estoy fuera de tu vista?
Solo te estoy esperando, por un intervalo,
en algún lugar muy cerca,
a la vuelta de la esquina.
Todo está bien.
Nada está herido; nada se ha perdido.
Un breve momento y todo volverá a ser como antes.
¡Cómo nos reiremos de lo tonto que fue despedirnos cuando nos volvamos a encontrar!