Sobre fast fashion

Comprar "moda rápida" me hace sentir como una hipócrita.

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Foto: Fer Aragonés por Michael Luppi
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En julio del año pasado, tomé la decisión de no volver a adquirir una prenda de marcas que conformen el fast fashion. He trabajado por años en moda porque disfruto los procesos creativos que ahí surgen. Es increíble ver el proceso de una colección. Platicar con diseñadores, ver cómo una idea se vuelve una historia que será a su vez re-interpretada por quien la utilice, admirar el desapego de un diseñador, entrar en un taller de producción, ver los dibujos y bocetos en las paredes acompañados por pequeños retazos de tela, los cuadros de inspiración, el proceso de selección de paletas de colores y telas… Poder ser observador de ese y cualquier otro proceso creativo me emociona. Es lo mismo con un texto, que con una fotografía, que con un vestido. Siempre hay algo asombroso al entrar en la mente-mundo de cualquier creador, sin importar cual sea el resultado final de sus ideas, ver el proceso del mismo es increíblemente inspirador y enriquecedor. 

Conforme la industria crece, crecen las enormes cadenas de ropa barata que impiden que las marcas pequeñas y diseñadores independientes puedan competir en el mercado. Esto complica todo. Impide que la competencia sea justa, que el comprador tenga productos de mejor calidad y que sigan surgiendo (o sobreviviendo) los diseñadores y marcas que crean ropa por el gusto de hacerlo. He visto a diseñadores y marcas independientes tener que sacrificar la calidad de sus insumos (por tanto, sus colecciones) para poder reducir al mínimo sus costos de producción simplemente para poder vender algunas prendas, sin que su margen de utilidad se vea beneficiado en lo absoluto. Tal parece que la única posibilidad que tienen de “hacer negocio” es crear una línea económica para alguna cadena. El colateral: una enorme pérdida de control sobre su trabajo, tiempo e identidad. El absoluto sacrificio de recurso creativo y de gozo por su oficio. Han de volverse comerciantes. El poco tiempo que les queda entonces podrán emplearlo en diseñar. Muchas veces la marca acaba desapareciendo o el diseñador haciendo cualquier otra cosa. Mientras tanto, ahí estamos los autoproclamados “amantes de la moda y el diseño” formados por las potencias del fast fashion para comprar un pantalón producido con fibras sintéticas a bajo costo. Pantalón que —además— fue diseñado por alguien más. Parte del éxito del fast fashion radica en hacer modificaciones a diseños ajenos para venderlos —tal vez antes que el diseño original— a una fracción del precio (y también con una fracción de la calidad). 

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Comprar “moda rápida” me hace sentir como una hipócrita. Si realmente me preocupa la crisis ambiental, no puedo ser parte del problema. No puedo decir que no compro plástico (mucho menos pedir que los demás dejen de hacerlo) envuelta en un trozo de poliéster,  dándole mi dinero a quienes consumen el 20% del agua del planeta, producen 10% de las emisiones de carbono y son responsables del 24% de los pesticidas que se utilizan en el mundo. No puedo recoger basura de la playa y sentir que estoy ayudando mientras consumo en tiendas cuyos residuos de fibras plásticas —equivalentes a 50,000 botellas de agua— van directo a los océanos. 

El fast fashion representa una emergencia medioambiental. Lo estableció la ONU durante el evento Fashion and the Sustainable Development Goals: What Role for the UN? 21 mil millones de toneladas ropa se tiran cada año a los vertederos. La producción de textiles genera quema de petróleo para producir fibras plásticas que permitan la existencia de supuestos textiles como el poliéster (sintético al que llaman tela y que además de ser inflamable, produce alergias, sudor y es tan poco amigable con el cuerpo como con el planeta), para así bajar los costos

La industria debe cambiar y ser responsable. La industria somos —principalmente— los compradores. Sin consumo no hay industria. Dejemos de sustentar el problema.

A raíz del fast fashion, existen más de 50 “micro-temporadas” en un año. El promedio de consumo aumentó 60% desde el 2000, aún cuando casi el 40% de la ropa adquirida se queda sin usar.

Según datos de la ONU, si la industria no cambia (y el mundo no se incendia antes), en 2050 se necesitarán tres veces más recursos naturales para soportar las necesidades de producción.

Dejemos de ser adictos a las tendencias, generemos nuestra propia identidad al vestir, pongamos freno al consumismo que conduce a un laberinto infinito de falsas necesidades y vacíos. Tenemos cientos de opciones. Desde ropa de segundo uso, hasta diseñadores locales, y marcas eco-friendly. Intercambiemos ropa. Proyectos como Armario Comunal y Troquer hacen fácil el acceso a productos de segundo uso, ayudan a que la ropa que no queremos se vuelva a usar, y a que recuperemos algo de lo que pagamos por ella.

Continuemos la conversación en mis redes sociales @feraragones y armemos juntos una columna con opciones de consumo responsable. 

FA