Decidieron recorrer el mundo en bicicleta y encontraron la libertad

142
- Publicidad -

Veinte mil kilómetros se pronuncian en un segundo, recorrerlos en bicicleta le ha tomado a la boliviana Katherina Carrasco un año con diez meses. Antes sólo usaba la bicicleta para ir y venir del trabajo, no más de cinco cuadras por trayecto, pero un día dijo: “voy a viajar y voy a salir al mundo, porque el mundo está ahí para mí”, y armó una bicicleta de piezas recicladas y comenzó a rodar, libre, sin miedo.

Ahí Katherina se dio cuenta de lo que era capaz, también de que era dueña de su tiempo y de su libertad. Entonces se hizo cicloviajera y se puso una meta: recorrer 21 países de América Latina, visitar las comunidades indígenas de cada uno y hacerle ver a la gente que las raíces de este continente son motivo de orgullo, por medio de cuentos y leyendas.

Publicidad

Su proyecto inició el 12 de agosto de 2015, salió de su natal Bolivia con rumbo a Paraguay, luego pasó por Brasil, de ahí a Ecuador, Colombia, México… de la lista sólo le falta la zona de Centroamérica, Venezuela, Guyana, Argentina y Chile.
“Las mujeres debemos pedalear porque la bicicleta es un instrumento político, es una máquina para la libertad, un vehículo para las conquistas y eso la hace más interesante aún para movernos”, dice esta mujer de 36 años, ingeniera en sistemas y amante del teatro.

Su visión es similar a la de Devora Barrera, originaria de Guadalajara, México, quien emprendió su primer viaje a los 23 años, tras la muerte de su madre. Sin preparación física ni alimenticia, tomó la decisión y una semana después estaba fuera rodando sin parar. “Me fui a la brava”, reconoce. Salió de la Ciudad de México a Puebla, de Puebla a Hidalgo, de ahí a Oaxaca y luego a Chiapas hasta la frontera con Guatemala, después regresó a Guadalajara, se armó una bicicleta especial con ayuda de su mejor amigo, volvió a la frontera y se viajó hasta Argentina.

Los kilómetros no los tiene contabilizados, pero sí las experiencias de 11 meses y medio que durmió lejos de casa. “Sané. Este viaje me regresó la paz interior”, comparte Dev, abogada, quien planea un próximo viaje en solitario arrancando del sur de África para cruzar Oriente Medio y llegar hasta el oeste de China.

Viona Rijsbosch también forma parte de las cientos de mujeres que han agarrado una bicicleta para recorrer el mundo. Originaria de Bélgica se tomó un vuelo directo a Colombia para empezar a rodar por toda América, de sur a norte, con Canadá como punto final. “Me gusta la libertad, la oportunidad de vivir a mi ritmo y de estar más cerca de la gente y la naturaleza”, comparte la joven de 27 años que lleva siete meses peregrinando, actualmente está en México.

Ellas son ejemplo viviente de la valentía y la confianza femenina, así como de la fortaleza de enfrentarse a un mundo en el que sorprende la potencia y la determinación de una mujer abordo de una bicicleta, sin compañía. Y es que hay un miedo social, dicen estas cicloviajeras, de ver a las mujeres enfrentarse a la vida, sin temor, no solas, consigo mismas.

Asumir los riesgos para buscar la libertad en dos ruedas

Recorrer el mundo en bicicleta es asumir los costos de un género que es percibido como vulnerable y violentable. El miedo, en la mayoría de estos casos no es más que un aliado para despertar alertas ante el peligro, pero no es como el temor paternalista que la sociedad tiene por su seguridad.

Sin embargo, Viona, Dev y Kath no acumulan más de dos malas experiencias durante sus andares. Viona sufrió una situación de acoso y un intento de robo en su paso por Colombia, Dev un intento de asalto y Kath perdió todas sus pertenencias a manos de delincuentes. Pero nada de eso las detuvo, por el contrario su impulso fueron todas esas manos que las acogieron en cada destino. Para Kath, por ejemplo, fue la señora ecuatoriana que corrió casi tres cuadras para darle una botella de agua porque pensó que la necesitaría en su recorrido. Dev lo explica así: “en estos viajes te das cuenta que la gente es buena por naturaleza”.
La economía tampoco les representa un obstáculo. Aunque muchas ahorran para emprender estos viajes, los recursos son limitados y tienen que sacar a relucir habilidades que tenían oxidadas, buscar trabajos por periodos cortos de tiempo, vender productos artesanales fabricados por ellas mismas e incluso practicar el trueque. Se hacen ahorradoras, cuidan sus recursos, acampan en lugares permitidos o piden apoyo a las familias para hacerlo en sus jardines, cargan con una cocineta para preparar sus alimentos y compran sólo lo que necesitan.

La bicicleta para ellas se ha vuelto una herramienta de emancipación que les permite ser independientes, también les ha enseñado que nada es imposible y pueden llegar hasta donde ellas quieran. “Todo el poder está en nuestra mente. Los límites están en nuestra cabeza”, coinciden.

Este instrumento de movilidad se ha convertido en el medio de liberación para la opresión femenina y andar así, en dos ruedas por el mundo, es un mero acto de rebeldía, es decir “sí puedo y puedo, por el simple hecho de que quiero hacerlo”.