A toda la ropa que perdí entre la que iba el amor de mi vida

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Pérdidas
Foto: Shutterstock
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Habemos personas propensas a la pérdida. Quienes no lo son nos llamarán descuidados. Pero solo los que sufrimos el abandono constante de nuestras pertenencias entendemos la frustración (y la vergüenza) de tener que admitir que otra vez, lo hemos perdido.

Alguna vez encontré consuelo en las palabras de Elizabeth Bishop cuando aseguró que ciertas cosas parecen tan cargadas con la intención de ser perdidas, que su pérdida, no es desastre. Los periodos de transición entre la negación, la ira y la resignación son cada vez más cortos. Superar la pérdida se ha vuelto una labor diaria tan estudiada que para quien observa de lejos parece indiferencia. Pero hasta la más pequeña deja rastro.

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En los últimos meses perdí mi pulsera Carolina Herrera, un anillo de plata, mi collar de ámbar, una playera que amaba usar en la playa, unos pantalones con mis iniciales (que espero caigan en manos de otro JL), mi camisa de leopardo, mis calcetines de aguacatitos y muchos más sin mayor chiste, unos lentes de sol y hasta los de ver. Estos últimos reaparecieron después de un año de haberlos dado por perdidos para volver a desaparecer a las pocas semanas.

¡Ah! porque pasa. Para nosotros los perdedores compulsivos, es común reencontrarnos con aquellos objetos que creíamos perdidos, los que habíamos hasta llorado y después superado. Aprendemos a encariñarnos con ellos de nuevo y a encontrarles un lugar en nuestra vida como si nunca se hubieran ido. Aunque su permanencia sea incierta.

Perder mi suéter favorito me enseñó a perder al amor de mi vida. No hay duda de que era mi suéter favorito, pero ni él está más conmigo ni soy yo la misma persona que usaba tejido de punto entonces. Quizá lo reemplace con uno similar, pero sería engañarme, no es el mismo y nunca será mi preferido. Puede ser que mi próximo suéter favorito estuvo colgado en mi clóset todo este tiempo y nunca supe verlo bien en mí, también podría suceder que un día sin querer pruebe alguno que nunca esperé ponerme y me siente bien. El amor de mi vida lo fue, pero en aquella vida, la del momento que compartimos.

Aunque lo dije antes, somos criaturas que “cerramos” ciclos con la misma facilidad con la que los reabrimos porque es lo que toda mi ropa perdida me ha enseñado. No sea que un día me dé cuenta que está ahí, el amor que perdí y que, dilo, nunca pude superar. Solo espero que si sucede, y que suceda, todavía me quede.