Prefiero evadir las noticias que enfrentar la realidad: Fer Aragonés

"Debo (aunque no pueda) sobrellevar los días", Fer Aragonés

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noticias México
Getty Images
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Ayer en la mañana vi el periódico -sin querer- mientras estaba detenida en el tráfico. Hace meses decidí dejar de leerlo. Y que decidí también, quitar Twitter de mi teléfono porque no pude sostener el peso; no pude (ni puedo) manejar su contenido, su velocidad, su dinámica: el nivel de agresión que se permite, y perpetúa. Además, me provoca un grado de obsesión. Entraba a leer (generalmente en la noche), y me perdía por túneles de hilos; para (horas después) aparecer en un enlace al cual no tenía conciencia de haber llegado, y del que no podía salir aún cerrando la aplicación. El bombardeo de malas noticias: su expansión, su eco y desbordamiento…agitan demasiado. Despertaba drenada, y con la sensibilidad en alto.

Ahora evito las noticias. Y sí, me hace sentir cierta culpa. Sé que es una forma de evadir la realidad. Pero no de negarla. La reconozco cada vez que decido no voltear, no abrir, no escuchar. Sin embargo, necesito una medida de contención ante esta ansiedad tácita.
Ahí un extracto de mi debate interno. Debate que a veces pierdo, y que cuando sucede me convence de que “hoy puedo manejar la información con normalidad, y como adulta”.
De sobra sé que no puedo. No tengo la “normalidad”, ni la adultez que requiere soportar el desbordamiento de injusticia y violencIa. Y aún así, hay días como ayer en que las noticias se hacen presentes, y son tan fuertes que no pueden dejarse de lado. Como el caso Lebaron. No pude evitar leer, indagar, adentrarme. El día se detuvo. Y se detuvo la respiración, y se detuvieron muchas de mis ganas. Al parecer la “normalidad” no me ha reclutado…este caso fue mi quiebre. No dejo de llorarlo, de hablarlo, de darle vueltas…me llevó a una catarsis emocional, a una crisis existencial. Y también, a aceptar lo que sí he negado:

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Llevo meses asustada, conteniendo una nebulosa de emociones que se acrecienta; meses tapando preocupaciones que aparecen a velocidades extremas. Y manteniendo la calma. Convenciéndome de que puedo manejar la vida agresiva, excesivamente rápida, peligrosa, demandante y atropellada de esta ciudad… porque “la amo”. Es mi casa, y por ello -supuestamente- puedo andar por sus calles a pesar del miedo que rebotan. Supuestamente, puedo hacer vida. Supuestamente, aquí no se está tan mal, y solo basta escuchar lo que sucede en otras ciudades, y otros estados para sentirse “tranquilo”. Como si el resto de país no fuera mi país, y el resto de los países no fueran mi mundo.

Pero soy adulta. Debo (aunque no pueda) sobrellevar los días. Solo necesito extremar precauciones: salir menos, acotar los espacios que recorro de una ciudad, en la cual los metros habitables se reducen con cada caso de inseguridad, cada feminicidio, cada asalto, cada violación, cada desaparición, cada secuestro, y con cada balazo -a diario-.

Llevo meses meditando, procurando tener más actividades, evitando tener demasiado tiempo libre, buscando más trabajo (otro tema, otro día). Convenciéndome de no perder la paciencia, la esperanza, la valentía ni la cabeza. Ignorando este estrés se escapa como sea. Acostumbrándome a tener constantes pensamientos de posibles situaciones de violencia (¿profiláctico?); sintiéndome una mala persona por la calidad de vida que tiene mi hija – quien ya ha sido víctima de la inseguridad como millones de otros niños-. Mi hija toma terapia para poder dormir. Yo tengo tantas pesadillas que me cuesta conciliar el sueño. Tenemos miedo. Ambas.

Sobra explicar con particularidades, si bien no ha sido fácil vivir en esta ciudad, me parecería (hasta) vulgar compartir lo que he vivido. Victimizarme. Compararlo con todo -lo peor- que sucede a diario. Hemos llegado al momento donde la extrema violencia, y el dolor, son parte del cotidiano. Hay que pesar vivencias en la báscula de la injusticia antes de atreverse a hablar de ellas. Por empatía. Por respeto. Porque genera culpa quejarse frente a cientos de miles de casos más graves. Infortunio es sentirse afortunado por que ni a nosotros, ni a los nuestros…

Desafortunado concepto el que tenemos de -los nuestros-.
Escribo eso y me acuerdo de Renato, que si bien no fue mi mejor amigo, fue mi amigo, y lo mataron. Y yo me fui de su funeral porque no podía contener el llanto, y no me sentía con derecho a llorar tanto como su familia, como su novia, como sus mejores amigos. Me fui porque sentía una tristeza profunda, pero no el derecho de expresarla. Hoy entiendo que ese día no lloré únicamente por Renato, sino por haber aprehendido la realidad de este país.

Aprehender. Esa palabra que en otros lugares también significa ‘’apresar o capturar [a alguien]’.

Pero no aquí.