Minha querida Lisboa: cumpleaños fantástico

Lisboa siempre ha sido especial para Fer Aragonés y ahora, su destino de cumpleaños.

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Cortesía
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Desde pequeña soñaba con Lisboa. A mis seis años, Luis -el hermano de mi madre- se casó con Leonor -la novia portuguesa-. En un solo acto del tío favorito apareció la familia portuguesa. Muchas cosas sucedieron con la llegada de la tía Leonor. Por primera vez escuché a una persona hablar cantando. Me hipnotizaba. Desarrollé una curiosidad urgente por entenderla, por participar, por descifrar lo que me decía. El primer contacto orgánico con un idioma distinto al mío era un intercambio de secretos. No entender nada y sin embargo, comprender todo. Poco después empezaron los intentos de Leonor por enseñarme a decir algunas palabras. Lo primero que aprendí fue un acertijo que “recuerdo” hasta la fecha. Era un acertijo sobre el huevo: “¿Cuál es la cosa, blanca ella, que cae al piso y se pone amarilla?” La “traduzco” y sospecho que he conservado -por 29 años- una versión propia en italiano y portuñol: “¿Cual é cohsa, bianca ella, cae no shao si ca´amarella?”…

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Por supuesto que no voy a preguntar si estoy equivocada. Prefiero vivir en error a escribir eso en voz alta. Me da vergüenza, y no quiero perder mis primeras palabras en otro idioma ¡son demasiado importantes! a ellas debo mi primer encuentro con una carta y un timbre postal: mi primer relación epistolar: mi primer romance a distancia. Me enamoré de una ciudad desconocida gracias al idioma y gracias a Mafalda, la hermana de la tía portuguesa, quien vivía en Lisboa por no haberse casado con un mejicano (según mi yo de 7 años) y me escribía cartas porque éramos mejores amigas (según mi yo de 7 y 8 años)

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Pasaron dos o tres años hasta que dejamos de enviarnos cartas. No recuerdo porque nos dejamos de escribir pero probablemente fue porque nos cansamos de buscar traductor o de hablar intuitivamente. Nunca fui a Lisboa. De alguna forma sentía que ya lo conocía. Leonor cocinó comida portuguesa desde que llegó a la familia, y nunca perdió el acento portugués al hablar español. Las cartas, la comida, y el portuñol me fueron suficiente. Siempre pensé en Portugal como algo cercano, algo que formaba parte de mi vida cotidiana, un lugar que conocía como conozco los lugares que solo existen en los libros. Y este mes algo pasó. De pronto sentí unas ganas enormes de ir, de acercarme, de desencantarme y encantarme de nuevo, desde la realidad.

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Llegó Portugal como regalo de cumpleaños. Podría decir que fue mejor de lo que imaginaba. En realidad fue exactamente como lo imaginaba. Ningún desencanto. Exacerbación de la fantasía. Siempre para bien.

Excepto por Mafalda, a quien no conocí.

Hay partes de la magia que solo suceden a distancia.