La lista de cosas que anhelo pero realmente no quiero

porque harían mi existencia miserable y, cómo mientras descubro mis -no deseos- le hago la existencia miserable al otro:

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El nuevo articula en la columna de fer Aragonés
Foto: @feraragones y @anormal_anormal_
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El resumen de una conversación de tres horas sobre deseos amorosos, y un excelente título para la columna porque ya estoy grande y no he roto ningún récord (sano), ergo, un título tan largo que podría ser el texto en sí mismo. 

Continúo: esperamos mucho de nuestras relaciones aún si es de forma inconsciente. No racionalizamos lo que instintivamente deseamos, y muchas veces pedimos cosas que realmente no queremos obtener. O peor aún, no pedimos nada pero sentimos que fracasamos si se acumula el tiempo pero no los títulos o propuestas que validen nuestra relación. 

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Nos sentimos inseguras -por deporte- o porque hemos vivido rodeadas de ideologías y patrones que nos marcan aún cuando nos negamos a aceptarlas. Las preguntas ajenas nos acechan (en secreto) aún si repudiamos las ideas que sostienen (en público).

Dejamos que lo anterior se convierta en el perpetuo desencuentro con el otro. En vez de fantasear con las consecuencias que desencadenarían nuestros “anhelos”, usamos el tiempo para volver a quejarnos, volver a discutir, volver a frustrarnos. Nos confundimos. La confusión se convierte en vacío, y este se condensa en una lucha que no puede terminarse porque ¿qué haríamos al ganar?

El nuevo articula en la columna de Fer Aragonés
Foto: @anoramal_anormal

 

Sentimos que damos mucho más. Si no verbalizamos, la inconformidad se vuelve un pantano de rencores secretos que nos hará explotar (pero en realidad ahogarnos) en el momento menos esperado. No se nos ocurre remediar la situación: dando únicamente lo que queremos. Tal vez la solución sea demasiado simple y nos aburra estar en paz.

Tomamos la misma ruta diaria -hacia la nada misma- pues aún creyendo que sabemos a dónde vamos o por lo menos a dónde quisiéramos llegar -no tenemos idea cómo es ese lugar- y sin embargo, es todo lo que creemos que nos falta, así que no vamos a descansar (ni a dejar que el otro duerma despreocupado) hasta llegar ahí.

El amor libre nos suena a derrota. Hemos pervertido el término tanto como el concepto. Le hemos robado la identidad a la palabra: en el amor ni siquiera la libertad tiene la posibilidad de serlo: la convertimos en sinónimo de poligamia. Y no. El amor libre es amor sin imposición. Sin obligación, condena, ni tortura. 

Los vida sexual libre es otra cosa -amorosa o no-. 

Habría que volver a la raíz de los términos. Habría que replantear (y re-plantar) las cosas para que crezcan con nuevas raíces; que explorar nuestros propios conceptos y ser honestas con lo que -pudiéramos sostener- de nuestros deseos: ¿Qué toleraríamos pasado el capricho y pasado el tiempo? ¿Por qué creemos en una falsa seguridad? y ¿Qué es lo que tanto nos asusta de un amor que crezca libre? Tal vez sea demasiado honesto, demasiado claro, demasiado… suficiente. Probablemente ocupe menos nuestro tiempo y nos obligue a vernos y a atendernos a nosotras mismas. Tal vez hacerlo requiera más amor propio del que nos hemos permitido.