Pueden decir que no soy nada, o que soy todo. Todo menos blogger

"Pueden decir que no soy nada, o que soy todo. Bueno…todo menos blogger," - Fer Aragonés

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Fernanda Aragonés
Foto: Michael Luppi
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Por: Fer Aragonés

De los creadores de: “vete a tu cuarto y cuando termines de llorar regresas”, llegó el thriller psicológico: “encuentra una cosa que ames, y sé la mejor en ella”. La teoría educativa “liberal” de los ochentas y noventas creada por: nadie certificado en pedagogía, es más un conjuro que una guía vocacional. 

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No sé a quién se le ocurrió, pero definitivamente esa presión innecesaria acecha. No tengo duda de que existen personas más funcionales, menos curiosas y creativas, a las que dicha teoría les acomode (ni que hasta ellas incursionen en distintas disciplinas) pero, si conocen -ligeramente- a quien están aconsejando (did you mean: conjurando) hay certezas personales que sería genial omitir. Es generoso tomar en cuenta al receptor de su verdad. Sobretodo si está siendo sometido a escucharla.

Yo soy una de esas mujercillas que no puede estarse quieta. Ni siquiera metafóricamente. La inactividad es el fertilizante de mis malas ideas, desgracias, et al. Si a esto le añado semillitas de culpa puedo-pero-no-debo crezco un abundante jardín de obsesión. 

Desde los 5 años intenté incursionar en distintas áreas laborales, sintiéndome insuficiente en cada una de ellas. ¿Cómo saber si esa era la cosa que más me gustaría o estaba perdiendo el tiempo? Y, ¿cómo saber si era la mejor en ello? 

Fer Aragonés, todo menos blogger
Foto: Michael Luppi

Ejemplo: los fines de semana me gustaba bailar como Gloria Trevi en mi traje de baño de estrellas neón (con un cut out que dejaba ver mi ombligo). Yo era muy feliz cobrando la entrada a mi performance; sin embargo, nunca pude silenciar la incertidumbre: ¿seré la mejor Gloria Trevi de todas?…mmm. Lo dejé. 

Más tarde descubrí que podía ser mesera en las comidas familiares y recibir propina, pero una vez más, no sentía que eso fuera -lo que más me iba a gustar en la vida-. Lo mismo sucedió con mi negocio de jabones (decorados con encaje, recortes de revista y resistol), mi banda pop de los noventa, mi breve paso por el modelaje (fue a los 13 – ¿podemos dejarlo ir?), mi participación en el equipo de debate, mis años de atletismo (¡hola! lanzamiento de jabalina, qué bueno que dudé de ti), mi etapa de tap, hip-hop (e intentos por cambiar de etnia), mi incursión en el soccer (sí…), basket, soft, mis clases de cocina e intentos por ser chef (cociné una sopa de frijol a los 11, no estaba tan perdida #Pujol). En algún momento -súper texano de mi parte- quise ser porrista, y después inventé irme a Londres -duré 6 días- a estudiar actuación (¿lo escribí en voz alta?).

Los jabones - Fer Aragonés, todo menos blogger
Foto: Cortesía

Sigo el desorden cronológico: por querer comprobar que era la mejor, a los 15 apliqué en secreto a TISCH (NYU), y me aceptaron. Nunca fui, pero heme aquí, escribiendo esta magnífica pieza literaria, sin temor alguno. 

¿Qué cambió? Me encantaría decir que crecí, pero no. Después de ciertos eventos ¿desafortunados? (#casimemuero), me cansé de seguir fracasando como llenadora de  expectativas ajenas. 

Siendo honesta, hasta la fecha me frustra, aterroriza (o algo en medio) cuando me preguntan “¿a qué te dedicas?”, hago muchas cosas, todas ellas me gustan. En ninguna me siento “la mejor”. Mi lista es difícil de condensar -sobretodo en voz alta- y no tiene homogeneidad. Eso me hace sentir extraña.

¿En qué momento convertí en inseguridad mis capacidades? En el momento en el que le puse atención a “los grandes”. 

Lo sé porque ese mismo miedo lo perdí cuando le puse atención a “los chicos”. Cuando trabajando juntos los vi hacer múltiples cosas con seguridad dropping it chilo… (o algo así) con Jesse Baez de fondo, repitiendo cosas sexuales, en dialecto.

Con ellos entendí que tengo una ventaja. Y en vez de juzgarlos por hablar como si realmente su barrio los respaldara, los dejé (oh, ingenuidad) enseñarme a andar en patineta. Ya no tengo la patineta, ni la oficina compartida con mis adorados millenials, pero tengo la certeza de no estar poseída por confusiones ajenas. 

Ahora me preguntan qué hago y contesto lo que rime con el momento. Siempre cerrando con: también escribo. No soy escritora, escribo. No soy “poeta” (me avergüenza el término, por cierto) aún así me paso la vida haciendo poemas. Estudié comunicación (porque me odiaba), Nutrición (nunca daría consultas) y Diseño gráfico (me dejó una obsesión particular por las tipografías y el espaciado).

Fer Aragones, todo menos blogger
Foto: Cortesía

Colecciono diplomados (novela, literatura, poesía… lo que se pueda). Estudié griego y latín (no retuve nada). Trabajé en Relaciones Públicas por años (le pegaba stickers a todo + me movieron de oficina por reír). Tuve mi empresa (la responsabilidad mutiló mi creatividad). He trabajado en editorial desde los 12 (aquí no cabe esa historia). Me especialicé en moda sin querer (o por desgracia): odio comprar ropa y antes de hacer un styling me pesa el alma, pero ¿ya vieron la portada de @lilmiquela

Fer Aragones, todo menos blogger
Foto: Michael Luppi

Este año fue de editorial, cine, y teatro. Sigo haciendo PR de una forma peculiar (los envidiosos me llamarán publicista). He sido editora, columnista, directora creativa, mesera (cumplí un sueño), aprendiz del Tarot, creadora de pócimas caseras, terapeuta autodidacta-accidentada (no dije accidental) con aceites esenciales, y quemadora profesional de artículos para el hogar. Mis pasatiempos incluyen decir palabras como pasatiempo, indagar en medicina alternativa, y ver departamentos en línea. 

Es decir: me acomoda esta libertad. Creo que realmente ya no me importa como me definan.

Pueden decir que no soy nada, o que soy todo.
Bueno…todo menos blogger. Siempre es sano marcar el límite.