Salsa Maggi: un ícono inesperado de la liberación femenina

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Nos ha acompañado desde nuestra infancia en bolsas de papas, ha sazonado una infinidad de tardes de alitas y cerveza entre amigos, y le ha dado un toque inconfundible a cremas y sopas. La salsa Maggi nos ha acompañado durante toda nuestra vida, y a pesar de eso, pocos sabemos que detrás de ella se encuentra una búsqueda de la liberación femenina.

La persona a la que le tenemos que agradecer esta creación se llamó Julius Maggi y fue un emprendedor suizo con un solo objetivo: ayudar a las mujeres trabajadoras a mejorar el sabor de la sopa sin mucho esfuerzo. Esto sucedió en 1863, en una época en la que las mujeres comenzaban a formar parte de la fuerza de trabajo de distintos países, y por lo tanto, tenían menos tiempo para cocinar. Entonces, el gobierno suizo pidió a Maggi que creara una comida rápida y nutritiva. El resultado fue una serie de sopas instantáneas, posicionadas como una forma de emancipación femenina.

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Al inicio, las sopas no fueron muy populares. Sin embargo eso no detuvo a Maggi, quien trabajó arduamente para mejorar su formula. Hizo cubos concentrados, fideos empaquetados, hasta que finalmente, en 1887, llegó a lo que más adelante se convertiría en un básico en cualquier cocina: una salsa de bajo precio hecha con trigo fermentado, capaz de sazonar cualquier platillo con sólo unas gotas.

Hoy, la salsa Maggi es un producto de producción masiva, disponible en muchos países del mundo. Sin embargo, eso no significa que todos probemos la misma salsa: aunque la base es la misma, las notas que le dan sabor cambian de país a país. Mientras que la versión mexicana tiene un toque de limón, en Filipinas resalta por su sabor a ajo y en Polonia es mucho más salada que en la mayoría de los países. Esto hace que, aunque sea un producto suizo, de a los platillos un sabor familiar –al grado de ser casi un emblema– a la comida cotidiana de cada país.