¿Somos responsables de que las redes sociales afecten nuestra salud mental?

279
Getty

Vivimos en una era de híper conexión, en un momento en el cual el scrolling es el deporte universal. Los millennials viven en un estado de ansiedad constante mientras se sumergen diariamente en un mar de ilusiones que nosotros mismos hemos creado. ¿Estaremos cavando nuestro propio pozo digital?

En el mes de la moda me encontré publicando hasta dos fotos por día y una infinidad de historias en Instagram. Cuando llegué a casa, mi voz interna, filósofa e incesante, no pudo hacer más que preguntase: ¿dónde terminan nuestras marcas personales y dónde comienza nuestro YO real?

Paris Fashion Week. Foto: ImaxTree.
Publicidad

La medida en que las redes sociales, y el exhibicionismo y el voyerismo sobre los que se apoya, se hayan colado en mis fantasías inconscientes me sorprendió (¿o quizás en realidad era obvio que pasaría?). Ser millennial es estar híper conectado, es decir, existiendo en múltiples realidades de forma simultánea. Las redes nos hacen vivir realidades paralelas mientras que simultáneamente las observamos y definimos cuán “compartibles” estás realidades resultan.

Hoy todos nos convertimos en editores en jefe de nuestra vida: buscamos oportunidades para contar historias, producimos contenido diario, y nos convencemos que nuestros feeds de Instagram son una representación más acertada de nosotros mismos que quienes somos en la vida misma. Las redes han derribado los muros que dividen lo público y lo privado, nos han hecho editar el desorden de nuestras vidas, y hemos adoptado una actitud de vigilancia constante en la cual también nos juzgamos a nosotros mismos de manera constante.

Paris Fashion Week. Foto: ImaxTree.

Mi vida profesional me ofrece innumerables oportunidades para proyectar una imagen glamorosa a mis seguidores: desfiles, regalos de diseñadores y contacto con celebridades. Pero como resultado comencé a sentir una necesidad, o quizás hasta una presión en algunos casos, cada vez que desbloqueaba mi teléfono y navegaba (y claro que me comparaba) con las “vidas curadas” de las personas.

Cada 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, con el objetivo de concientizar a la población mundial sobre los problemas relacionados con la salud mental y movilizar esfuerzos para ayudar a mejorarla.  Los trastornos por depresión y por ansiedad son problemas habituales de salud mental que afectan a la capacidad de trabajo y la productividad. Según la Asociación Mundial de la Salud más de 300 millones de personas en el mundo sufren depresión, y más de 260 millones tienen trastornos de ansiedad. Y no fue sorpresa encontrarme con que las redes sociales pueden producir estas patologías ya que están intrínsecamente vinculadas a la salud mental.

Paris Fashion Week. Foto: ImaxTree.

El nuevo fenómeno al que se enfrentan las sociedades de psiquiatría y los médicos alrededor del mundo es el del abuso de redes sociales, especialmente en menores de 18 años.  Este fenómeno se asocia con depresión, baja autoestima, rechazo de la imagen corporal, problemas para afrontar dificultades cotidianas, estrés y vacío existencial. No es tan descabellado comprender esto si caemos en cuenta que las redes, especialmente en esa franja de edad, se han convertido en el espacio en el cual construimos nuestras relaciones, nos expresamos y aprendemos sobre el mundo que nos rodea. Los resultados de algunos estudios apuntan a que usar 7 de las 11 redes sociales más populares multiplica por tres el riesgo de sufrir depresión y ansiedad comparando con personas que sólo usan dos o ninguna.

La avalancha de cuerpos perfectos, de vidas maravillosas, que incluyen viajes exóticos y hoteles de lujo semanalmente, y vidas curadas a la “perfección” nos hace soñar, pero también nos enfrenta a una realidad cotidiana que, salvo unos pocos casos afortunados, está muy lejos de la realidad. Una verdadera paradoja: lo que las personas más buscamos en Instagram es precisamente lo que les puede provocar depresión. Cada publicación de Instagram es un case study sobre cuánto nos “gusta” a las personas, y cuanto gustamos. Y nuestras marcas personales online son, en última instancia, cómo nos proyectamos al mundo, y en alguna medida, cómo construimos nuestras propias identidades.

Hace unos días publiqué una foto en mi cuenta personal de Instagram sobre mi complicada relación con las redes sociales y como me estaba sintiendo con ellas. No es que dejaré de publicar, pero reflexioné sobre cómo podría aprovechar ese espacio de una manera más significativa. Las respuestas fueron varias y diversas, pero note unanimidad en el sentimiento, ¿quizás los que pensaban distinto no se gastaron en responder siquiera?

@camistraschnoy

Las marcas personales, especialmente en el mundo de la moda, ciertamente no fueron un invento de Internet, solo que la híper conectividad permite un acceso constante y basado en datos. Por esto es que tampoco me sorprende que Lil Miquela, la Instagram it girl generada por computadora, haya sido una de las personas más influyentes de los últimos tiempos.

@lilmiquela

Hoy como sociedad hemos editado las partes de nosotros mismos que no encajaban, nos convirtieron voluntariamente en cadenas de key words para el data mining, y hemos entregado nuestras emociones a un algoritmo que nos entiende mejor que nosotros mismos. Esto está lejos de ser un ataque contra aquellos que han hecho de ser influencers un trabajo full time y altamente rentable. Tampoco estoy diciendo que todos deberíamos tener teléfonos blanco y negro, sin internet, y mudarnos al desierto. Pero para mis contemporáneos en la era digital, que se desplazan ansiosamente por el mar de ilusiones que nosotros mismos trabajamos duro para crear y consumir, les deseo que logren relajarse y poder contribuir en la comunidad digital de una manera cada vez más real, y, sobre todo, más constructiva. También intentemos desconectarnos en algún momento a diario y darnos un respiro para vivir el momento sin los ojos pegados a las pantallas de nuestros teléfonos para lograr tener una mente más saludable.