¿Los millennials buscan amas de casa?

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Para empezar, un millennial nunca querrá ser llamado millennial. Sin embargo, se trata de la palabra más utilizada para definir a aquella generación nacida entre 1982 y el 2000, actualmente entre los 17 y 34 años. Obviamente, estamos hablando de un rango de edad amplísimo con factores y contextos totalmente distintos entre los integrantes del grupo. De hecho, su catalogación es tan complicada por el mero hecho de ser una generalización.

 

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En un artículo reciente para The New York Times, Stephanie Coontz, profesora de Historia y Estudios Familiares del Evergreen State College de Olympia, habló de la posibilidad de que “no hayamos llegado al nuevo consenso a favor de la igualdad de género” que esperábamos de esta nueva generación. Para ello pone como prueba el hecho de que una candidata femenina calificada –exacto, Hillary Clinton– perdiera contra alguien que ha demostrado ser repetidamente misógino como Donald J. Trump. Aún así, Coontz afirma que existe un contraste ideológico entre los millenials tan parecido como el la gente de su misma edad hace veinte años, argumentando que su desunión es más natural de lo que creeríamos.

Al parecer, de acuerdo con la experta, unos estudios de los sociólogos Joanna Peppin y David Cotter en estudiantes del último año de preparatoria durante cuatro décadas demostró que la percepción igualitaria de géneros sólo aumentó entre los jóvenes de 1977 hasta mediados de los noventa para descender en picado desde entonces. Mientas que en 1994 el 30% de los estudiantes creía que “el hombre debe tomar las decisiones en una familia”, en 2014 era el 40%. De la misma forma, otro estudio en hombres evidenció que el 85% creía que “la familia en la que un varón servía de sustento no era superior a las que lo hacía una mujer” en 1994 y en 2014 sólo era el 55%. Definitivamente, según Coontz, los millennials son mucho más tradicionales que sus mayores, los baby boomers.

 

En definitiva, quizás los millennials prefieran las amas de casa y eso es algo que la autora atribuye al poco trabajo hecho para la igualdad de género en la familia y los lugares de trabajo, así como una falta de políticas públicas que apoyen dichos cambios. Esto último es lo que ella ve como la solución ante un problema silenciado… y quizás lo sea.