El peor país para ser mujer – Parte I

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Por Jon Sistiaga

Cuenta el protagonista de la novela Tigre Blanco que en la India del siglo 21 sólo hay dos destinos, “comer o ser comido”. Y aunque el escritor Aravind Adiga se refiere a todos los habitantes de la India actual, ese destino, ser comido, es el que le espera a la inmensa mayoría de las mujeres que nacen en este país. Diferentes estudios que han cruzado datos sobre el acceso de la mujeres a la educación, a los servicios sanitarios, al mercado laboral, al de la propiedad con estadísticas sobre crímenes de violencia de género, discriminación, o sobre el número de agresiones sexuales, demuestran que la India es uno de los peores países para nacer mujer. A la altura de Afganistán, Pakistán, Congo o Somalia.

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Es una de las economías más dinámicas del mundo y un miembro poderoso del selecto club del G-20, pero la India, la mayor democracia del planeta, tan turística, tan mística, no es país para mujeres. Aquí cada 20 minutos se produce una violación, y cada hora un marido asesina a su esposa porque la familia de la mujer no ha pagado la dote, el impuesto nupcial. En la India han creado una nueva categoría en esta lacra de la violencia de género, a la que llaman “feticidio”: En los últimos 30 años más de 12 millones de niñas no han nacido porque sus padres abortaron al conocer el sexo del feto. No querían traerlas a una sociedad en la que encuestas oficiales de la ONU indican que más de la mitad de los hombres reconocen haber acosado o abusado de alguna mujer. Es tal la magnitud del fenómeno que el gobierno indio ha decidido aplicar la pena de muerte para contener a violadores y asesinos de mujeres que hasta ahora disfrutaban de total impunidad.

“La situación actual en este país es muy desagradable. Las mujeres en la India tienen cada vez menos seguridad, consideración y respeto. El papel tradicional de la mujer en la sociedad india ha sido desafiado porque cada vez hay más mujeres con educación universitaria que alcanza lugares con poder y decisión. Y la balanza de alguna manera se está desequilibrando.” Urmi Basu es directora del hogar de acogida New Light, en Calcuta, y es una de esas personas extraordinarias, dedicadas a los demás, devotas de la ayuda, que a veces hacen que te reconcilies con este mundo. Trabaja en Khaligat, uno de los dos barrios rojos que hay en esa inmensa y despiadada urbe de 12 millones de habitantes, y se dedica a cuidar y educar a los hijos de las prostitutas de la zona. Muy cerca de aquí levantó su hospicio para moribundos la Madre Teresa, junto al templo más importante de la ciudad, el dedicado a la Diosa Khali. El río Hoogli, que bebe directamente del sagrado Ganges, discurre parsimonioso por la ribera de este suburbio laberíntico de callejuelas malolientes. Coronas mortuorias se mecen corriente abajo, bajo la escrutadora mirada de las aves carroñeras. Pequeñas burbujas tóxicas emergen, fruto de la descomposición de los restos humanos vertidos un poco más arriba, en los desagües de los crematorios. En la India, los ríos traen vida, pero también traen muerte y oscuridad. El barro grisáceo que mancha las botas de cualquiera que se acerque a sus aguas no es cieno, sino cenizas humanas acumuladas.

Indian protestors hold placards during a protest to mark the second anniversary of the  fatal gang-rape of a student in the Indian capital that unleashed a wave of public anger over levels of violence against women in the country, in New Delhi on December 16,2014.  Women's safety in India has not improved since the fatal gang-rape of a student in New Delhi, the victim's parents said December 16 on the anniversary of the attack that sparked international outrage. AFP PHOTO / SAJJAD HUSSAIN

En el barrio, todas estas mujeres intercambian continuamente y con naturalidad sus roles como amas de casa, prostitutas, madres o vecinas. Si hay un cliente trabajan, y cuando acaban siguen haciendo la colada o la comida para su familia. Esa es la normalidad en un arrabal convertido en lupanar. El hogar de Urmi está abierto a todo el mundo. Las cocineras, las limpiadoras y algunas de las monitoras, son antiguas prostitutas del barrio. Urmi no juzga, no pregunta, no presupone. Tampoco impone, ni exige ni adoctrina. Da igual la religión o los motivos que llevaron a esas madres a la prostitución: el hogar está abierto para todos sus niños mientras ellas se ven con los clientes. “La mayor parte de estas mujeres han sido vendidas, o han sido forzadas o se dedican a la prostitución porque no les queda otra opción. Muchas vienen de pequeñas aldeas, donde no tienen oportunidades, no hay educación o no pueden ser independientes porque no tienen dinero, así que son consideradas como escasamente productivas”, cuenta Urmi.

Se calcula que hay en la India unos 3 millones de prostitutas. Casi la mitad son menores de edad y gran parte de estas últimas son crías de apenas doce años. Muchas de ellas son traficadas desde Nepal o Bangladesh por unos 800 euros.

Doctor Kollol Samantha y Tumpa Premanik

“Al principio no me di cuenta de que estaban traficando conmigo. Un mes después de estar encerrada en casa de un señora me di cuenta de que me habían vendido a esa madame. Fue cuando me empezó a decir que tenía que prostituirme. Yo protesté y me rebele. No había venido a la India para ser prostituta. Entonces, ella empezó a torturarme hasta que cedí..” Sunita Tamang sabe que es de Nepal y que era huérfana y pobre. No tiene más recuerdos de entonces. Cree que nació en la capital, Katmandú, y cree que tiene unos 30 años. Pero Sunita se acuerda perfectamente del hombre que le dijo, con unos doce años, que en la India podría encontrar trabajo como empleada de hogar. Se acuerda de los tres días en autobús. De la casa donde la llevaron. Del sexto piso donde la encerraron y del mes que pasó allí sola. Aquello fue el principio de toda una vida de esclavitud sexual.

Prostituta en Khaligat

Las manos de Sunita están marcadas por las cicatrices de heridas cauterizadas con pimienta. Sunita tiene tuberculosis. No puede trabajar y ahora no tiene ingresos, así que acude a New Light a comer y malvive de la caridad de otras prostitutas. La veo barrer el suelo y pienso que es casi como una metáfora de su vida, siempre agachada, barriendo recuerdos, o sueños, o deseos que van directamente a la basura. “Los traficantes utilizan todo tipo de drogas para someterlas, cualquier tipo de sustancias. Empezando por el alcohol y el opio –me cuenta Urmi mientras abraza a Sunita-. Al principio, sobre todo el opio y calmantes, porque están chicas sufren tremendos dolores con los clientes, así que les atiborran a calmantes para que vuelvan al trabajo. Tengo aquí algunas mujeres que me han contado que  eran forzadas a tener de 25 a 30 clientes al día.” La propia Sunita levanta la cabeza del regazo de su mentora y en voz baja nos dice que hubo domingos en los que llegó a estar con 50 o 60 clientes. “Toda mi vida la he pasado en la oscuridad y sigue viendo oscuridad delante de mí. No puedo abandonar este lugar, así que no tengo ninguna esperanza de ser feliz en lo que me quede de vida”.

Hijos de prostitutas en New light
Fotos: Jon Sistiaga