Las historias del hotel donde durmieron las más grandes estrellas

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Debería existir una palabra para describir la nostalgia por algo no vivido: imagina que entras al lobby del St. Regis en una noche veraniega de 1959 y te recibe uno de los 30 mayordomos que se ocupan ahí, vestido con guantes blancos y esmoquin, letrado al menos en tres idiomas y listo para conducirte a una de las ostentosas reuniones que había organizado Frank Sinatra en la azotea.

Los invitados visten relucientes trajes de la época, las mujeres resplandecen joyas de Tiffany, mientras que la música, la fiesta y la champaña relucen con la misma intensidad que los suelos de mármol de canteras de Francia, los candelabros de cristal y el mobiliario Luis XV; el glamour y oropel ornamentan cada centímetro de cada habitación del hotel.

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Cuando John Jacob Astor IV inauguró este hotel en 1904 (fallecido ocho años más tarde a bordo del Titanic), sabía que sus huéspedes y residentes serían verdaderos sibaritas que no podrían simular su debilidad por el lujo, la fama y las noches de juerga, pero eso sí, sin perder el estilo jamás. Así sucedían las veladas que convocaba Frank Sinatra –a las que concurrían Ernest Hemingway y Marilyn Monroe– o las interminables fiestas protagonizadas por Mick Jagger y los Rolling Stones en los nacientes años 70, con invitados estelares que incluían al artista plástico Andy Warhol, gurú y emblema del jet set neoyorquino, a quien le seducía tomar Polaroids del resto de los concurrentes –ya fuera Bob Dylan, Truman Capote o al trastornado escritor Henry Miller; para Warhol, capturar a los convidados a la fama en una instantánea saciaba una debilidad casi erótica que tenía por las celebridades.

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Andy Warhol también solía visitar al maestro Salvador Dalí cuando éste se hospedaba en una suite del hotel. En una ocasión, Dalí ató a Warhol a una tabla giratoria y derramó pintura sobre él; a cambio, el artista español debería posar para la cámara de Warhol –Dalí le tomó el pelo, se negó a retratarse.

El St. Regis de Nueva York fue el hogar del artista plástico más grande del siglo XX durante 14 años; Dalí realizó aquí sus últimas obras, la mayoría de ellas de aspecto religioso, como La Crucifixión o La última cena. Sin embargo, hoy no existe una sola prueba del paso del artista por este lugar –hubo un momento en que el vestíbulo principal del St. Regis ostentaba una escultura grande de Dalí, el bronce dramáticamente surrealista llamado Mujer con cabeza de flores, de 1981.

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La vista que tengo desde los pisos altos es privilegiada: por un lado rebosa la Quinta Avenida y, del otro, Central Park luce triunfante. La noches que pasaría en una de las habitaciones Grand Luxe en el St. Regis –un espacio en tonos azules y cama king size– me servirían para trazar una cartografía de las historias sin principio ni final que se han escrito en este edificio; fue la oportunidad de atravesar, oler, tocar y contemplar las habitaciones emblemáticas del hotel añorado donde hoy se han hospedado artistas,realeza y jeques de la más alta estirpe.

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Tras unas copas de Bloody Mary, una agradable charla con el barman y un buen queso Camembert, me perfilo a transitar la Quinta Avenida, una arteria decorada con la opulencia de las tiendas de grandes firmas como Ermenegildo Zegna, Louis Vuitton, Salvatore Ferragano, Hugo Boss, Cartier y Tommy Hilfiger. Pero también está la otra riqueza cultural conformada por la comunidad global que mezclan culturas y costumbres en ese racimo de paisaje cercado por los rascacielos. Y es que precisamente St. Regis está erigido en un espacio cosmopolita, un edificio que gravita la esencia de una era, una civilización, la historia, la elegancia y la cultura neoyorkina.

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Camino por el bloque que comprende Madison Avenue y la Quinta Avenida y, en mi andar, me encuentro con latinos, estadounidenses, asiáticos y europeos, que transitan frente a St. Regis; algunos asoman su mirada al vestíbulo del hotel tratando de encontrar en algún recoveco algo que invoque a Salvador Dalí o alguna aparición fantasmal de Frank Sinatra junto a Marilyn Monroe y, sino, por lo menos, expulsar un profundo suspiro por aquellos tiempos que nunca vivieron, porque St. Regis es la nostalgia de una utopía, de un sueño, de un trance que jamás termina…