Así ganaron las mujeres el derecho a votar

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En 1807 la legislación del estado de Nueva Jersey, en Estados Unidos, se percató de un “grave error” que había estado estipulado durante 31 años en el ejercicio de la democracia local: se aprobaba el derecho a las personas a votar. Si uno lo lee, más de 200 años después, podría extrañarse de que hubiera un error en esta ley, sin embargo para la gente del siglo XIX –y gran parte del XX– el error es evidente: permitir a las personas el derecho al voto, incluía reconocer que las mujeres podían ejercerlo. Algo que no iban a permitir ni ahí ni en el mundo durante largas décadas.

Para explicarlo regresaremos un siglo antes, cuando en Francia, Olympe de Gouges parafraseó el texto fundamental de la Revolución Francesa y escribió “La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”, uno de los primeros documentos históricos que exige la igualdad de derechos y la equiparación jurídica de las mujeres en relación a los hombres, en el que denunciaba que la revolución se olvidaba de las mujeres en el proyecto de la igualdad y libertad.

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La respuesta a esta exigencia, que incluía la eliminación de la discriminación en el derecho al voto, fue: “Las mujeres deben hacer honor a su verdadera naturaleza: la maternidad. Las mujeres no tienen lógica ni fuerza para asumir la responsabilidad de elegir”.

Entonces, ¿cómo ha hecho la mujer para triunfar en esta lucha y cambiar la visión del mundo sobre su papel en la política? Presionando. Y aún así, hay lugares en los que el voto femenino está lejos de hacerse realidad como en El Vaticano y otros tantos en los que el derecho para las mujeres está restringido como en Líbano o Emiratos Árabes Unidos.

¿En dónde empezó la ola?
Nueva Zelanda fue el primer país en donde la mujer pudo ejercer su derecho al voto sin restricciones gracias al movimiento liderado por Kate Sheppard, un inglesa que vivió en esta nación hasta su muerte. Ella demostró el poder de la palabra y de su capacidad de organización que consiguió gran apoyo de las masas y dejó en claro que: “Cualquier separación sin importar la raza, clase, credo o sexo, es inhumano y debe terminar”. Su lucha llevó a que las mujeres pudieran votar en las elecciones de 1893.

Después vinieron Australia (1902), Finlandia (1906) y Uruguay (1918), en este último caso sólo se dejó la puerta entre abierta porque no se estipularon las condiciones y fue una década después que lograron concretarlo. La lista sigue con Ecuador (1929), España (1931), brasil 1932, Chile y Cuba (1934) y Argentina (1947), donde tres mujeres siguieron el modelo europeo y comenzaron a fundar agrupaciones en defensa de los derechos cívicos de la mujer.

En Estados Unidos, por ejemplo, el voto de la mujer se permitió en 1920, tras manifestaciones públicas de las llamadas sufragistas en las afueras de la Casa Blanca, sin embargo este derecho era exclusivo de gente blanca; los afroamericanos sin importar el género no tenían este derecho.

En 1948 fue cuando la Organización de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en donde se estipula que toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país y fue entonces, que la ola se fue extendiendo por todos los rincones del mundo.

En México, la lucha femenina comenzó en 1884 con la exigencia de la revista femenina “Violetas del Anáhuac” que demandó el sufragio femenino. Pero tras años de lucha, incluso apoyada por gobernantes, en la Constitución de 1917 no se expresaba totalmente el derecho de las mujeres al voto, aunque tampoco se les negaba implícitamente. Fue hasta 1953 que se publicó oficialmente el derecho al sufragio femenino en el Diario Oficial de la Federación.

Los últimos tres países que permitieron este derecho fueron Kuwuait en 2005, Emiratos Árabes Unidos en 2006 y Arabia Saudita en 2015, aunque sólo en elecciones locales.

Como dice el CIMAC: “la política no se interesó por las mujeres hasta que descubrió su potencial electoral”, pero las mujeres le han hecho cara haciendo valer su derecho a la participación pública presionando, algo que continúan haciendo en otras áreas aún débiles.