Con el príncipe Harry muere el sueño de una generación de convertirse en princesa

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Cuando la periodista Letizia Ortíz se comprometió con el príncipe de Asturias la prensa española más purista lo condenó, pero el mundo lo celebró. La euforia por la unión entre el príncipe William y Kate Middleton le rebasó y decantó en uno de los fenómenos televisivos más grandes del nuevo siglo. De la mano vendrían la historia de la nadadora sudafricana Charlene Wisttstock casada con Alberto de Mónaco o la argentina Máxima Zorreguieta, hoy reina consorte de los Países Bajos. Una generación de “princesas plebeyas” que cumplían con un sueño sembrado en nuestro inconsciente por Disney: el de encontrar el amor en la realeza.

Pero el caso de la actriz Hollywodeense Meghan Markle y el príncipe Harry ha sido diferente. Tras el anuncio oficial de su compromiso, la mañana del 27 de noviembre de 2017 y su posterior boda el 19 de mayo de 2018, la expresión global ha sido de un júbilo distinto, sí, de gusto porque triunfó el amor, pero un gusto que esconde detrás una desazón, un júbilo casi luctuoso. ¿La razón? Con el príncipe Harry muere nuestra última -ya lejana de por sí- esperanza de convertirnos en royal por matrimonio, se ha ido el último príncipe soltero. ¡Adiós al enfant terrible de la realeza!

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El compromiso del príncipe Harry marca el final de una generación de “royals casaderos”. Los siguientes en revivir el sueño de casarte en la realeza serán las infantas de España Leonor y Sofía; los príncipes  de Windsor George y Charlotte; los mellizos Jaime y Gabriela de Mónaco; entre otros. Pero para pensar en sus matrimonios faltan al menos un par de décadas.

Pero lejos de la tristeza que sentimos por ver un ensueño infantil difuminarse, nos alegra la forma en la que la corona se ha modernizado. Si el romance de Wallis Simpson y el príncipe Eduardo VIII hubiera sucedido en nuestra época, quizás éste último no habría tenido que abdicar y la historia que hoy conocemos habría sido completamente diferente. Hoy a Meghan no se le juzga por su pasado, su ascendencia o sus relaciones. Hoy se le reconoce como una mujer que ha sabido labrar una carrera propia, por sus acciones positivas y ha logrado ya la bendición de la reina para convertirse en parte de la casa Windsor la próxima primavera.

Es momento de dar tregua al sentimiento que nos provoca no ser nosotras quienes hemos recibido ese espectacular anillo diseñado por el mismo Harry y proyectar en Meghan nuestro deseo de correr con su suerte. Su triunfo no es nuestra derrota, es un triunfo colectivo al saber que los cuentos de hadas sí existen.